Hay algo de magia en el movimiento del cuerpo. Algo de magia en cómo un impulso invisible viaja desde el cerebro hasta tus ojos para abrirlos de asombro; o hasta tus manos, para agarrar con fuerza la mano de quien no quieres que se vaya. Es como una energía que corre pasando el testigo de un lado a otro de tu cuerpo para acabar levantándote de la cama. Hay algo de magia, también, en cómo esos movimientos son capaces de describir emociones y sentimientos; de cómo una mano alzada puede parar un taxi, dos brazos abiertos regalarte un abrazo o de cómo puedes perder un amor tan sólo con bajar la mirada. ¿Somos conscientes de lo que dice nuestro cuerpo de nosotros? ¿De lo que transmitimos, cuando no decimos nada?
Durante los años que llevo trabajando como profesora de danza, he podido comprobar cómo, desde pequeños, nuestros propios movimientos están condicionados por lo que nos rodea.
Nuestra memoria muscular empieza a almacenar movimientos mucho antes de lo que pensamos: la postura de nuestro cuello, nuestros brazos y nuestros gestos al hablar. El que un bebé aprenda a llevarse la cuchara a la boca o que bote al ritmo de una canción. ¿Serías capaz de reconocer a alguien sólo por su forma de caminar?
Uno de los juegos que más me gusta plantear en mi clase es el de bailar con distintas partes del cuerpo, al son de la música, para al final acabar en una locura de movimientos en la que ningún músculo tiene descanso.
Empezamos sentadas, con las piernas estiradas, bailando sólo moviendo nuestros pies.
Luego seguimos con las manos y los brazos, los hombros y el tronco.
Después nos ponemos de pie, detenemos todo el cuerpo y bailamos sólo con la cara, expresando en ella lo que nos dice la melodía. Algunas niñas arquean las cejas, otras sacan la lengua,y otras, más atrevidas, guiñan los ojos, llenan las mejillas de aire y hacen muecas arrugando la nariz.
Y luego llega la parte divertida: aunarlo todo con la música en un baile sin descanso.
Hay niñas que bailan como lo sienten, sin importarles lo que piensen las demás. Otras, en cambio, se quedan quietas por timidez o intentan imitar a la compañera que tienen al lado por miedo a equivocarse. Yo siempre les digo que todavía pueden bailar más, y además, hacerlo como si nadie las estuviera mirando.
Pero es difícil salir de lo usual y de lo que está bien visto. ¿Habéis visto a esos locos que bailan solos en una discoteca? ¿Y a los que les basta con un altavoz o unos auriculares para montarse una buena fiesta? Los que mueven los pies y la cabeza con temor cuando van en el metro o los que se miran cantando una canción en el espejo retrovisor del coche.
¿Es una locura seguir a la música a donde nos lleve? ¿Es una locura llevar los movimientos de nuestro cuerpo al límite del ridículo?
No es de extrañar, por tanto, que cuando hace unos días salió a la luz el vídeo de la nueva fragancia de Kenzo los más puristas se llevaran las manos a la cabeza. ¿Qué hace Margaret Qualley bailando como una loca en un palacio de París? ¿Estamos ante algo rompedor dentro del mundo de los perfumes, que se mueven entre lo sutil y lo etéreo, lleno de modelos con vestidos vaporosos y playas sin fin?
Spike Jonze dirige esta maravilla junto al coreógrafo de Sia, Ryan Heffington, así que solo nos queda una opción: dejarnos llevar por la música y bailar la canción, Mutant Brain, como si nuestro cuerpo fuera una supernova a punto de estallar. Como si fuéramos niños, otra vez, y nadie nos estuviera mirando.




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